24/02/12
"Cuando creas que ya te lo estás tomando demasiado
en serio, corre!", me dije a mí misma.
"Pa' dónde?", me pregunto ahora.

Escrito para mi muro feisbukiano.



Esto es suicidio, insisto.
Correr a taconazo (aunque no de aguja) para alcanzar el metro un par de minutos antes de las 12, correr, correr. En esta vida todo lo que se me parece es el correr. Correr en la mañana para que no me alcancen los sueños que dejé adormilados en la almohada; correr al mediodía para alcanzar a preparar algo de comida; correr por la tarde para arreglar pendientes, para llegar a clase, para alcanzar el puma, para llegar al metro, para pasar al pan, la leche... correr, correr, correr.

Salma Gump. Corre.

"Esto es suicidio", pensé al llegar a casa bañada en sudor, al mirar el sostén empapado caer al suelo del baño. Esto es suicidio: bañarse a las 12:15 a.m. teniendo la garganta lastimada, sabiendo de sobra que no se secará pronto el cabello, que mañana -con suerte- amaneceré con la nariz escurriendo mocos y algo de tos, o -sin tanta suerte- medio muerta, totalmente afónica.

Ya voy.

Érase que era un mes, yo no sé cuál. Abril o mayo. Él dice que abril, tal vez marzo. Salimos a por un café -donde, capuccino mediante, dice él, me decía que quería le quisieran como si el universo, como si tal cosa...- y me besó la cara. Me besaba, le dije, poniendo la boca, el hocico de jirafa. Parando el pico, la trompa, estirando el juego, desparramando por mis cachetes la risa. Sembrando.

Meses pasaron. Palabras abonaron la imaginación, el cariño. Las manchas se me fueron tatuando por el cuerpo, no era él jirafito, era yo, contagiada de él, cambiando. Y entonces: Sonora.

Y una cosa se rompe y otras cosas se tejen. Así juega la vida con los destinos, así juegan las bocas a los besos. Y la jirafa se armó un arcoiris donde andar de un lado al otro, tras la olla de oro... corriendo.

Yo bailo. Es todo. Cuando me canso, bailo. Cuando me canso, sueño. Él se va, zurcando aires que no me pertenecen. Y escribo, en parte porque adeudo, en parte porque se me da la gana, en parte porque lo necesito.

Tres.

¿He dicho que me gusta el 3? Sí, claro... pero prefiero el cuatro. Y eso, que lo de poli a mí, mire usted, no se me da. Así pues, considéralo, sí, tú, como un simple y llano: que te vaya bonito.

Pero a lo que iba... que mientras el cabello se seca -como si quizá tuviera salvación de la muerte lenta que me espera-, escribo. Té, escribo, negro, aunque prefieras café.


Sóstenme estas líneas con las palmas de tus ojos:

Tus letras.
Tus letras bailan, tus letras juegan, tus palabras se metamorfosean, saltando de rama en rama, de párrafo en párrafo, de verbalidad en verbo. Así como tú.
Tus palabras no se comprometen a la promesa, tus oraciones viven en, por y para la sorpresa. Leerte entre líneas, eso, también es suicidio.
Y yo no las entiendo -o no quiero entenderlas- porque se me deslizan por las orejas como peces entre las manos -torpes, torpes manos.
Tus predicados se descomponen como ladrillos de lego y yo, hace tiempo que no juego.

Que yo cómo la veo, me preguntas. Yo la veo bonita, justa y necesaria. Brindándonos el poder y la salvación... blasfema.

Yo escribo porque me canso, porque bailo, porque sueño. Porque cada vez que me canso, bailo con los dedos sobre el teclado que toca mis sueños. Escribo por nomás. Y por lo mismo leo.

Para mí las letras son una catarsis serena, un llorar suspendido sobre los puntos de las íes, una caricia entrecomillada y admirada. Para mí las letras son eso, serenas.

Y van por ahí, pegando brincos, bailando, cantando, volviéndose locas y desatándose los cabellos, pero al final permanecen serenas. Como la ventana abierta por la que el horizonte se mira tranquilo, sin importar cuán fuerte azoten los vientos las cortinas.

Para mí las letras son el braille que me permite ver un poco de ese mundo que nunca alcanzaré a probar ni tan siquiera con la punta de la lengua -aunque tú estés conmigo.

La letra para mí, es figura. Es sonido, sí, pero con forma. Es fantasía. Semántica, sí, semántica. Por eso narro, por eso los cuentos que -aunque viciados- cuentan una y otra vez el ritmo de mis gritos. Por eso mis dedos y yo no jugamos a la poesía. Mi boca sí, dice, cuando se calla y te habla más allá de la pared de los carrillos, es un decir, bromeo, por supuesto. La poesía es el balancín del que temo caerme. Y no me subo, juego en la arena y cuento.

Y es que así somos: yo la niña que se sienta a ver correr el río. Tú el niño que se lanza al agua a perseguir las ondas, yo la niña que te ve correr. Y también corro, como siempre.

Si yo no tuviera las letras, no te querría.

La literatura, la tura (Rayuela otra vez, ¿jugamos?). Cuenta, te acaricia, te azota, te muerde, te pone a punto... si no fuera por ella nos faltarían tantas cosas. Si no fuera por ella, sería santa.

Mira acá, pecados paralelos, mundos alternos:

¡Qué bello es!, me dijo acariciándolos, el oscuro color de tus pezones. Y con el dedo índice se posó sobre mi pecho, precisamente, suavemente, directo al corazón y empujó un poco.
No se hace el amor sino en el precipicio, en cuclillas y a la orilla de la cama, desde donde el índice ordena la caída. Directo al corazón, suave. Se cierran los ojos y se cae, el viento apenas y sostiene los cabellos. Un instante, dos. Y se deja ser el orgasmo más lento y doloroso, se cae al piso como se cae el alma, con una única certeza: su ausencia.

Y es que sí... si no fuera por ella, por ellas... sería santa.

*
*
*
*
*

La Maga se apretó todavía más contra él. "Ahora ésta va a decir alguna de sus burradas", pensó Oliveira. "Necesita frotarse primero, decidirse epidérmicamente." Sintió una especie de ternura rencorosa, algo tan contradictorio que debía ser la verdad misma. "Habría que inventar la bofetada dulce, el puntapié de abejas. Pero en este mundo las síntesis últimas están por descubrirse."
Cap. 9.

31/01/12
Como mamá gallita, compartiendo algunas de las simpaticuras de la chamaca.

1
- Mamá, ¿poqué no pompamos un bebé?
- ¿Y qué vamos a hacer con él?
- Vamo'a dal-le un besito :D

2
Y asoma la cabeza sobre mi pecho. Me siento cangura. Se me queda mirando a la cara y de pronto me aprisiona el rostro entre sus manos, me levanta los párpados emocionada y grita:

- ¡Mamá! Mira qué tienes aquí: ¡dos Amandas! :D

3
- Te vo'a pompá un patel para casarnos.
- Ok. Gracias. ¿Entonces vamos a hacer fiesta?
- Sí.
- ¿Y qué más vamos a hacer en la fiesta?
- ¡Comel! :D

4
- Te quiero.
- ¿Me quieeeeeres? ¿Poqué?
- Porque eres muy bonita.
- ¿Poqué?
- Porque tienes unos lindos ojos y una sonrisa hermosa.
- ¿Poqué?
- Porque te pareces a tu mamá.
- ¿Poqué?
- Porque eres mi hija.
- ¿Poqué?
- Por afortunada. A ver... ¿quién es afortunada, tú o yo?
- Yo.
- No lo entiendes todavía, ¿verdad?
- No :D

26/01/12
¿Empezamos por el rojo? Prefacio. Pre-faz yo. Sí. Naranja. Espera, que el metro no llega.

Uno.

Dos..

Tres...

Hay demasiada gente, son 7:15 a.m. No vamos a llegar. Córrele, córrele, métete, que pa' luego es tarde. Disculpe. Perdón. No cabemos. La enrebozada chamaca sacude las manitas al aire: "se nos hizo así de tarde", dice, y lanza los minutos retrasados en el vaporoso espacio del vagón.

De poco sirve que alguien intente cederle a una el asiento en tales circunstancias, no hay manera de llegar desde la puerta hasta el sitio indicado. Con la mochila a cuestas me jalonean para acá y me empujan para allá, pero llego de todas maneras a Centro Médico y corro, como siempre, corro.

Café.

Que me dicen el café nada tiene que ver con el arcoiris. ¿Tú qué sabes? ¿Has estado ahí? Bajo las húmedas nubes que se precipitan surge un arcoiris de colores, sudores, sabores... tres, tres, tres. Y la ventana abierta con un cielo oscuro donde pudo haber cortinas, pero lo único que hay es una persiana de estrellas que se despliega. Es de noche y tu boca sabe a risa y tus eclipses de mar nocturno son de un cafecín sereno. Y tus ojos me dejan un hueco en la memoria a medida que me alejo: tu luz.

Azul.

Del azul recibimiento de tu abrazo. Del azul del cielo rumbo a la Rosario, al rosario, chayo, chachachá (y yo). Del azul de tul a Hidalgo. Y me voy. Pero tú y yo sabemos que es la ruta más larga, que no lleva más que a los rodeos... como si quisieras de alguna manera dejarme clavada bajo tus tierras un momento más, o dos o tres, asegún cuántos besos. O tal vez soy yo. Pero entre el azul y el verde apenas un pedazo, algunos escalones que bajan, que suben y que terminan por devolvernos al hogar. Guerrero.

Verde.

Y ella insiste en lo tarde que se nos ha hecho. El exprés a Canal de Chalco es verde y se atiborra de pasajeros. No es la primera vez que bajo por delante porque no hay manera de ir atrás -y acatar la norma- con la niña al frente y el mochilón detrás. Me siento como un elefante al dar los pisotones que me llevan escaleras abajo hasta la esquina del Poder Judicial. El vigilante sobre el puente me ha de extrañar, pienso.

¿Qué tan tarde es? Así de tarde, chaz chaz chaz. ¿Media docena? Sí, media docena de besos de jirafa.

Amarillo.

No quedaba más que el sueño de tu nombre inocuo. ¿Te he dicho que me recuerdas a un fantasma de mi infancia? Dicen que dijo la tía que estaba yo ya loca desde que no te conocía. Que te nombraba sin verte, que te daba la mano, que te servía tu plato y me sentaba a tu lado por doquier, que no podía ir a sitio alguno sin ti. Pero no es por eso que me lo recuerdas, es tu nombre... se llaman tan igual, que no sé si de veras así se llaman o soy solo yo que así los nombro.

Pero en el amarillo de aquel desierto, me sonaba tu nombre y me sonaba su risa. Me habría gustado conocerla, pensé en decirte, pero justo atinaste a contarme que ya estaba muerta.

Gris.

Y cuando llegue la muerte te olvidaré y me olvidarás. Quedará la mancha ceniza de nuestra existencia en algún lugar. Eso, por decir que algo quedará.

Y cuando me olvides y te olvide, moriremos sin saber. Dejaremos de reflejarnos en las pupilas nuestras, dejaré de mirar a la virgen al costado, dejarás de mirarme los rubores.

Rojo.

Mientras tanto, enrojéceme la piel con más caricias, píntame los labios a mordidas, rásguñame los sueños y vamos a repetirlo de nuevo... uno, dos, tres...

15/01/12
2012

Es más pequeña. La cabecera es más pequeña. Que si tiene frío, que si le da pena, que si las letras o los números le han fallado. No sé por qué, pero la cabecera es más pequeña. No sé tampoco desde cuándo, pero sé que no haré nada para remediarlo. A decir verdad no hay nada que remediar. Nada.

Esta es la primera vez del año en que planto mi nariz en esta empañada ventana. Hace frío afuera y por eso mi aliento va pintando en el cristal las nubes, los sueños, las dudas...

Por dar continuidad debo decir que lo besé. Eso creo. O me dejé besar, o nos dejé hacer. Me dijo ella que mirara al mundo como siempre, como un presente y nada más. Y así lo vi, pero es justo por eso que ahora estoy aquí, porque en este presente me consta que los labios que alguna vez se besaron se convierten en polvo de sueños para las pesadillas.

Te recuerdo ayer. El ayer es ese: uno, largo, continuo y devorador de presentes. Todo pasado siempre fue mejor. ¡Bah! Nostalgias baratas. No es que no valore tu recuerdo. A decir verdad no me gusta mucho el detalle compartido, la falta de distinción, de originalidá. La mueca peculiar que le da vida a las palabras (como estas) generadoras de mundos (preferiblemente hermosos). No es que no valore tu recuerdo, es que me gusta coleccionarlos más exóticos. ¿A ti no?

Me gusta más el pasado cuando te confundo: cuando tu rostro habita la fusión perfecta de mis ilusiones. En estos tiempos y a estas horas no sé quién eres ni qué brazos te cobijan. Y yo estoy aquí. Queriendo rascarle la tecata al escondrijo del futuro. ¿Será que es del color que quiero? ¿Será que equivoqué el boleto?

Mañana, dicen, me plantaré de cara a un pedazo de futuro. Me dirán, me cuestionarán, me mirarán como si acaso... y después marcharé con la incertidumbre, como casi siempre, como cada vez que prometes un mañana antes de cerrar los ojos como quien cree que ha terminado.

Ayer fue otro día de esos extraños. Rodeada de personas que aman las "señales" me vi empapada en coincidencias. Y así, supongo, coincidía también tu mano sobre una rodilla ajena con la mano ajena que se deslizaba por mi rodilla. Y ella me preguntaba cómo fue que sucedió y yo le decía y ella parecía querer saber y yo quería no saber parecer. Quise contarle la verdad, pero se me atoraban las palabras con las partes tristes. ¿Para qué decirle? Y la dejé asirse y la sostuve y la amé quizá como se ama a una hermana, a una madre, a una amiga y no a la persona que realmente es y que se irá pronto, como se van todos los demás, como se han ido tantos.

Nostalgia, insisto. Pero... ¿nostalgia de qué?

Canto.



25/12/11
Lo rastreé. Mi lengua olfateó las comisuras de mis labios y siguió la curva marcada por las huellas de tus besos. Ahí estaban, ciertamente, los recuerdos que me enviabas. Me embriagué de nostalgias y deseos a pesar de que el antibiótico prohibe los elíxires.

Y así, tambaleante, recibí la Nochebuena. Hay que mirarlo todo como si fuera la última vez que se lo mira (hay que besarte siempre...); como si mañana se apagaran, por fin, todas las luces; como si muriesen al alba, por decirle de algún modo, todas las luminarias. Hay que besarte, insisto, como si mañana no quedara sed alguna en tus entrañas.

Miraba las ramas reverdecidas del viejo árbol de la Benito Diaz de Gamarra: se balanceaban al ritmo atronador de la cuetiza y los disparos, pero con suavidad, sobre la calidez del viento de diciembre. Porque no, no hace frío, casi parece que duermo entre tus brazos. Pero no. Que la Navidad se nos vino encima sobre el camino... y andando.

Me gusta el cielo desde aquí: puedo mirar ese trío de estrellas que augura siempre sorpresas por venir. Nada mejor para estas fechas que soñar con finales felices que duren mucho, aunque se vayan a acabar (como todos). Y me gusta también porque la noche se vuelve bicolor.

Tenía el cielo azul la secuela de un araño de amor. Una breve mueca que pintaba la luna antes de perderse en la oscuridad total. Una luna nueva, una luna más. Y me senté junto al Santuario a zamparme un atole de grano: verde, picoso, caliente. A mi derecha el azul celeste, a mi izquiera el azul (Rey). Y las luces del castello contrastan preciosas con el firmamento. Lo miro como si fuera la última vez. Y miro los árboles y escucho sus voces, y la miro a ella. Las sombras, los giros, los cambios, las paredes viejas, las banquetas resquebrajadas. Tal vez, pienso, nunca antes lo había visto.

Mirar al mundo como si fuera la primera vez. Mirar tus eclipses como si ocurrieran una vez por cada 50,000 años. Y la evolución de la especie se da en tus espasmos... en los míos. Besarte como si fuera la primera vez, como si fuera urgente.

Y me como unas garbanzas cocidas, saladitas, y pienso únicamente en tu nariz. Tal vez en realidad nunca te he besado. Tengo que averiguarlo, tengo que saber qué tanto es cierto que es así o asá. Necesito un instante de certeza para negarle los derechos de autor a mis réplicas oníricas.

Suspiro. Me sonrío. He de besarte cuando sea el momento... por lo pronto no hay tiempo para eso, esta es la última vez que miro este cielo, la última vez que muerdo mi labio de este modo, la última vez que te pienso con tanto frenesí, la última vez que me enamoro y me desenamoro en un segundo. Esta es la última vez... y la primera.

Yo soy...

Mi foto
Salma Anjana
La Guerrero, Cuauhtémoc, Distrito Federal, Mexico
Un pan de dios regurgitado por algún pájaro infernal. Simplemente soy una mujer con altibajos, montaña rusa, aventura perpetua, nunca-se-sabe, adivíname, léeme entre líneas.
Ver todo mi perfil

Suscribir por email

Métele mano

Cargando...

Que el destino llegue

Entrada al azar

Alguna vez dije que...

Últimos comentarios

Tenemos hambre

www.flickr.com
Éste es un módulo Flickr que muestra fotos o videos públicos de Salma Anjana. Crea tu propio módulo aquí.

Mis consentidos