26/01/12
¿Empezamos por el rojo? Prefacio. Pre-faz yo. Sí. Naranja. Espera, que el metro no llega.
Uno.
Dos..
Tres...
Hay demasiada gente, son 7:15 a.m. No vamos a llegar. Córrele, córrele, métete, que pa' luego es tarde. Disculpe. Perdón. No cabemos. La enrebozada chamaca sacude las manitas al aire: "se nos hizo así de tarde", dice, y lanza los minutos retrasados en el vaporoso espacio del vagón.
De poco sirve que alguien intente cederle a una el asiento en tales circunstancias, no hay manera de llegar desde la puerta hasta el sitio indicado. Con la mochila a cuestas me jalonean para acá y me empujan para allá, pero llego de todas maneras a Centro Médico y corro, como siempre, corro.
Café.
Que me dicen el café nada tiene que ver con el arcoiris. ¿Tú qué sabes? ¿Has estado ahí? Bajo las húmedas nubes que se precipitan surge un arcoiris de colores, sudores, sabores... tres, tres, tres. Y la ventana abierta con un cielo oscuro donde pudo haber cortinas, pero lo único que hay es una persiana de estrellas que se despliega. Es de noche y tu boca sabe a risa y tus eclipses de mar nocturno son de un cafecín sereno. Y tus ojos me dejan un hueco en la memoria a medida que me alejo: tu luz.
Azul.
Del azul recibimiento de tu abrazo. Del azul del cielo rumbo a la Rosario, al rosario, chayo, chachachá (y yo). Del azul de tul a Hidalgo. Y me voy. Pero tú y yo sabemos que es la ruta más larga, que no lleva más que a los rodeos... como si quisieras de alguna manera dejarme clavada bajo tus tierras un momento más, o dos o tres, asegún cuántos besos. O tal vez soy yo. Pero entre el azul y el verde apenas un pedazo, algunos escalones que bajan, que suben y que terminan por devolvernos al hogar. Guerrero.
Verde.
Y ella insiste en lo tarde que se nos ha hecho. El exprés a Canal de Chalco es verde y se atiborra de pasajeros. No es la primera vez que bajo por delante porque no hay manera de ir atrás -y acatar la norma- con la niña al frente y el mochilón detrás. Me siento como un elefante al dar los pisotones que me llevan escaleras abajo hasta la esquina del Poder Judicial. El vigilante sobre el puente me ha de extrañar, pienso.
¿Qué tan tarde es? Así de tarde, chaz chaz chaz. ¿Media docena? Sí, media docena de besos de jirafa.
Amarillo.
No quedaba más que el sueño de tu nombre inocuo. ¿Te he dicho que me recuerdas a un fantasma de mi infancia? Dicen que dijo la tía que estaba yo ya loca desde que no te conocía. Que te nombraba sin verte, que te daba la mano, que te servía tu plato y me sentaba a tu lado por doquier, que no podía ir a sitio alguno sin ti. Pero no es por eso que me lo recuerdas, es tu nombre... se llaman tan igual, que no sé si de veras así se llaman o soy solo yo que así los nombro.
Pero en el amarillo de aquel desierto, me sonaba tu nombre y me sonaba su risa. Me habría gustado conocerla, pensé en decirte, pero justo atinaste a contarme que ya estaba muerta.
Gris.
Y cuando llegue la muerte te olvidaré y me olvidarás. Quedará la mancha ceniza de nuestra existencia en algún lugar. Eso, por decir que algo quedará.
Y cuando me olvides y te olvide, moriremos sin saber. Dejaremos de reflejarnos en las pupilas nuestras, dejaré de mirar a la virgen al costado, dejarás de mirarme los rubores.
Rojo.
Mientras tanto, enrojéceme la piel con más caricias, píntame los labios a mordidas, rásguñame los sueños y vamos a repetirlo de nuevo... uno, dos, tres...
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15/01/12
2012
Es más pequeña. La cabecera es más pequeña. Que si tiene frío, que si le da pena, que si las letras o los números le han fallado. No sé por qué, pero la cabecera es más pequeña. No sé tampoco desde cuándo, pero sé que no haré nada para remediarlo. A decir verdad no hay nada que remediar. Nada.
Esta es la primera vez del año en que planto mi nariz en esta empañada ventana. Hace frío afuera y por eso mi aliento va pintando en el cristal las nubes, los sueños, las dudas...
Por dar continuidad debo decir que lo besé. Eso creo. O me dejé besar, o nos dejé hacer. Me dijo ella que mirara al mundo como siempre, como un presente y nada más. Y así lo vi, pero es justo por eso que ahora estoy aquí, porque en este presente me consta que los labios que alguna vez se besaron se convierten en polvo de sueños para las pesadillas.
Te recuerdo ayer. El ayer es ese: uno, largo, continuo y devorador de presentes. Todo pasado siempre fue mejor. ¡Bah! Nostalgias baratas. No es que no valore tu recuerdo. A decir verdad no me gusta mucho el detalle compartido, la falta de distinción, de originalidá. La mueca peculiar que le da vida a las palabras (como estas) generadoras de mundos (preferiblemente hermosos). No es que no valore tu recuerdo, es que me gusta coleccionarlos más exóticos. ¿A ti no?
Me gusta más el pasado cuando te confundo: cuando tu rostro habita la fusión perfecta de mis ilusiones. En estos tiempos y a estas horas no sé quién eres ni qué brazos te cobijan. Y yo estoy aquí. Queriendo rascarle la tecata al escondrijo del futuro. ¿Será que es del color que quiero? ¿Será que equivoqué el boleto?
Mañana, dicen, me plantaré de cara a un pedazo de futuro. Me dirán, me cuestionarán, me mirarán como si acaso... y después marcharé con la incertidumbre, como casi siempre, como cada vez que prometes un mañana antes de cerrar los ojos como quien cree que ha terminado.
Ayer fue otro día de esos extraños. Rodeada de personas que aman las "señales" me vi empapada en coincidencias. Y así, supongo, coincidía también tu mano sobre una rodilla ajena con la mano ajena que se deslizaba por mi rodilla. Y ella me preguntaba cómo fue que sucedió y yo le decía y ella parecía querer saber y yo quería no saber parecer. Quise contarle la verdad, pero se me atoraban las palabras con las partes tristes. ¿Para qué decirle? Y la dejé asirse y la sostuve y la amé quizá como se ama a una hermana, a una madre, a una amiga y no a la persona que realmente es y que se irá pronto, como se van todos los demás, como se han ido tantos.
Nostalgia, insisto. Pero... ¿nostalgia de qué?
Canto.
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25/12/11
Lo rastreé. Mi lengua olfateó las comisuras de mis labios y siguió la curva marcada por las huellas de tus besos. Ahí estaban, ciertamente, los recuerdos que me enviabas. Me embriagué de nostalgias y deseos a pesar de que el antibiótico prohibe los elíxires.
Y así, tambaleante, recibí la Nochebuena. Hay que mirarlo todo como si fuera la última vez que se lo mira (hay que besarte siempre...); como si mañana se apagaran, por fin, todas las luces; como si muriesen al alba, por decirle de algún modo, todas las luminarias. Hay que besarte, insisto, como si mañana no quedara sed alguna en tus entrañas.
Miraba las ramas reverdecidas del viejo árbol de la Benito Diaz de Gamarra: se balanceaban al ritmo atronador de la cuetiza y los disparos, pero con suavidad, sobre la calidez del viento de diciembre. Porque no, no hace frío, casi parece que duermo entre tus brazos. Pero no. Que la Navidad se nos vino encima sobre el camino... y andando.
Me gusta el cielo desde aquí: puedo mirar ese trío de estrellas que augura siempre sorpresas por venir. Nada mejor para estas fechas que soñar con finales felices que duren mucho, aunque se vayan a acabar (como todos). Y me gusta también porque la noche se vuelve bicolor.
Tenía el cielo azul la secuela de un araño de amor. Una breve mueca que pintaba la luna antes de perderse en la oscuridad total. Una luna nueva, una luna más. Y me senté junto al Santuario a zamparme un atole de grano: verde, picoso, caliente. A mi derecha el azul celeste, a mi izquiera el azul (Rey). Y las luces del castello contrastan preciosas con el firmamento. Lo miro como si fuera la última vez. Y miro los árboles y escucho sus voces, y la miro a ella. Las sombras, los giros, los cambios, las paredes viejas, las banquetas resquebrajadas. Tal vez, pienso, nunca antes lo había visto.
Mirar al mundo como si fuera la primera vez. Mirar tus eclipses como si ocurrieran una vez por cada 50,000 años. Y la evolución de la especie se da en tus espasmos... en los míos. Besarte como si fuera la primera vez, como si fuera urgente.
Y me como unas garbanzas cocidas, saladitas, y pienso únicamente en tu nariz. Tal vez en realidad nunca te he besado. Tengo que averiguarlo, tengo que saber qué tanto es cierto que es así o asá. Necesito un instante de certeza para negarle los derechos de autor a mis réplicas oníricas.
Suspiro. Me sonrío. He de besarte cuando sea el momento... por lo pronto no hay tiempo para eso, esta es la última vez que miro este cielo, la última vez que muerdo mi labio de este modo, la última vez que te pienso con tanto frenesí, la última vez que me enamoro y me desenamoro en un segundo. Esta es la última vez... y la primera.
Y así, tambaleante, recibí la Nochebuena. Hay que mirarlo todo como si fuera la última vez que se lo mira (hay que besarte siempre...); como si mañana se apagaran, por fin, todas las luces; como si muriesen al alba, por decirle de algún modo, todas las luminarias. Hay que besarte, insisto, como si mañana no quedara sed alguna en tus entrañas.
Miraba las ramas reverdecidas del viejo árbol de la Benito Diaz de Gamarra: se balanceaban al ritmo atronador de la cuetiza y los disparos, pero con suavidad, sobre la calidez del viento de diciembre. Porque no, no hace frío, casi parece que duermo entre tus brazos. Pero no. Que la Navidad se nos vino encima sobre el camino... y andando.
Me gusta el cielo desde aquí: puedo mirar ese trío de estrellas que augura siempre sorpresas por venir. Nada mejor para estas fechas que soñar con finales felices que duren mucho, aunque se vayan a acabar (como todos). Y me gusta también porque la noche se vuelve bicolor.
Tenía el cielo azul la secuela de un araño de amor. Una breve mueca que pintaba la luna antes de perderse en la oscuridad total. Una luna nueva, una luna más. Y me senté junto al Santuario a zamparme un atole de grano: verde, picoso, caliente. A mi derecha el azul celeste, a mi izquiera el azul (Rey). Y las luces del castello contrastan preciosas con el firmamento. Lo miro como si fuera la última vez. Y miro los árboles y escucho sus voces, y la miro a ella. Las sombras, los giros, los cambios, las paredes viejas, las banquetas resquebrajadas. Tal vez, pienso, nunca antes lo había visto.
Mirar al mundo como si fuera la primera vez. Mirar tus eclipses como si ocurrieran una vez por cada 50,000 años. Y la evolución de la especie se da en tus espasmos... en los míos. Besarte como si fuera la primera vez, como si fuera urgente.
Y me como unas garbanzas cocidas, saladitas, y pienso únicamente en tu nariz. Tal vez en realidad nunca te he besado. Tengo que averiguarlo, tengo que saber qué tanto es cierto que es así o asá. Necesito un instante de certeza para negarle los derechos de autor a mis réplicas oníricas.
Suspiro. Me sonrío. He de besarte cuando sea el momento... por lo pronto no hay tiempo para eso, esta es la última vez que miro este cielo, la última vez que muerdo mi labio de este modo, la última vez que te pienso con tanto frenesí, la última vez que me enamoro y me desenamoro en un segundo. Esta es la última vez... y la primera.
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09/12/11
Hoy va siendo uno de'sos días raros donde pasan cosas tan raras, tan seguido, que la novedad se arrutina. El cielo llueve suspiros y patinas sobre el piso sin ton ni son... y vas y vienes...
Se levanta una. Tarde. Se olvida siquiera del trago de leche. Corre. Abre la puerta y ahí está: Eva. La primera mujer, quizá la última. Solo sé que sabe de la vida. Que le tiembla la mano, que no suelta letras, pero que cuenta, que asegura, que acompaña... que camina a mi lado y me proteje, aunque sabemos las dos que soy más fuerte. O eso dicen, al menos, nuestras manos.
Súbase, me dice. Como si fuera yo a la que hubiera que guardarle algún respeto. ¿Qué sabrá ella que haya olvidado yo?
Que le vaya bien, nos vemos más tarde. Y corro. Corro porque no me queda de otra. Corro para que no me empujen. Corro por llevar el ritmo antes de que sea él quien se lleve mis memorias y mis prisas. Corro, pero no puedo, me olvidaba de la gripa que aún me asfixia.
Que le vaya bien, nos vemos más tarde. Y corro. Corro porque no me queda de otra. Corro para que no me empujen. Corro por llevar el ritmo antes de que sea él quien se lleve mis memorias y mis prisas. Corro, pero no puedo, me olvidaba de la gripa que aún me asfixia.
Y el Jonathan en el camión me canta al oído la de Maná... "ahora llórame un mar", se desafina justo antes de abandonar la nave y levantar la vista. Alta. Altavista.
Sí se te dan las matemáticas, decía con una sonrisa tan plena, tan suya, tan de aquí y tan de nosesabedónde. Y que de dónde venía y que si a dónde iba. ¿Cómo decirle que uno no va a ninguna parte ni viene de parte alguna? ¿Cómo decirle que solo voy y seguiré yendo? No hay retorno.
En la 29, dijo, búscame. En su mirada brillaba la esperanza, solo un poco, se le escurría también la certeza -lo sabía él, lo sabíamos todos- de que no iba a pasar. Porque no, no hay retorno.
Me bajé del segundo autobús un periférico después. Y el cinturón sonaba al fondo azotando nalgas blancas. Yo pensé que ya nadie hacía eso, pero me equivocaba. Y que sí, es verdad, que las miradas cambian, que ya no retan porque se reconocen perdedoras, pero al fondo, allá al fondo, bajo las pestañas, asoma las narices la revancha.
Pero como quien dice, como por de mientras, me abraza la cintura y me da vueltas. Y se suman otro par de pares de manos, hasta hacerme balancear. ¿Por qué me tratan así? ¿Será que me quieren derribar de veras? ¿Será que no saben lo que hay detrás de su pared cubierta de enredaderas?
Y yo corro. No mucho, tengo la garganta quejumbrosa, pero corro. Segura de haberme ganado mi castigo. Más trabajo y menos paga. No por mucho. La necesidad no es tanta cuando dejas de creértela.
Y ahí está: tan como siempre. Tan con mis bichos, tan sin ellos. Tan fuerte, quizá. A veces me habla para esclarecerme, para guiarme. Las más de las veces, sin embargo, me habla para perderme, para regarme las raíces de la mente, para crearme paraísos de ideas o historias que no me han pasado, aunque parezca. ¿Sabrá que me rellena los huecos del corazón cuando me abriga?
Y luego el viento que se asolea me levanta las faldas que no tengo. Solo por, tal vez, sacarme canas a lo largo del camino. Más de alguna vez quise peinarme a lo punketo... pero pesa, dicen, mi cabello negro. Que no es negro. No. Al sol le encanta arrancarle los tonos y dejarlo de colores... de colores y de cielos.
Rápido. Constante. Sube y baja el flujo sobre la anaranjada banda de paseantes. ¿Te imaginas eso? Que todo este montón de gente sudorosa fuera de paseo. Que llevaran en sus mochilas sángüiches y agüitas frescas, una manta y un libro para pasar la tarde en la Alameda (que habría de estar bien verde y bien limpia). Qué bonito es el metro. Qué feo huele a veces. Y eso, me río, que sigo con la nariz congestionada.
Y la miro. Amanda se llama, porque me la como a besos. Porque es una diabla y la adoro, con ese par de cuernos. Y que la rasguñe la miel es cosa seria. Le he dicho que no todos reaccionan igual a los besos. Algunos miman, ronronean, bailan, algotros gruñen, dan zarpazos... zarpan, huyen, corremos.
Y luego ese hombre escuálido con mirada de amor o quizá de romanticismo puro. No sé cuál es su nombre, pero conozco su risa resignada. No sé a qué se dedica, pero me habla del trabajo. No sé cuál sea su casa, pero sé que le falta ella... ¿Romántico? No. ¿Pobre diablo? No. Un simple desafortunado. Llega bañado en sudor para levantar a su hija a lo más alto del árbol navideño. Y ahí está, levantando también el índice para pasar al frente a leer el deseo para su retoño. Y no lo eligen. Y paso yo.
Mi amada Amanda, le digo frente a todos tomándole la barbilla para que me mire, deseo que aprendas a mirar siempre lo más luminoso de las cosas, que seas feliz y sepas compartirlo.
La beso. Es sencillo. Solo quiero que encuentre un sentido a la sonrisa.
Y ahí está de nuevo él. Tan satisfecho, tan como queriendo compartir, tan cercano y tan sin nombre. Mi única certeza es su creación: Génesis.
E irremediablemente pienso en Eva. Al mundo, me digo camino a casa, no puedo creerle que esté plagado de azares.
Debería comer algo, pienso. Pero no tengo hambre, tengo el gusto de cierta satisfacción, de una calidez incomprensible, tengo ganas de continuar y eso es lo que hago. Escribo para hacer una pausa mientras descubro que respiro mejor, que se renueva la energía, que tengo sed.
Y ya es hora de volver a las andadas... ponerse el gafete y salir a recoger sus besos.
P.S.
Es verdad que me gusta hablar al viento como quien no dice nada. Es verdad que lo que lees pueda parecer inverosímil. Nunca he dicho que esté haciendo crónica del día, al pie de la letra a la orden del reloj. Siempre he puesto las letras, eso sí, a la orden de mis sentimientos, a la explosión catártica de mis manos y no más. No esperes que te cuente dónde, cómo, cuándo ni con quién. Aunque lo haga.
Soy responsable por lo que yo siento. Tú eres responsable por lo que crees que entiendes.
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02/12/11
Cuando me baño pienso cosas. Muchas. Estupideces y profundidades filosóficas. Como si la felicidad es aprehensible, como si ya la tengo, como si un par de palabras inocentes bastan para arrancármela de tajo y dejarme en cueros a mitad del universo... y hace frío.
Pienso. Sufro, quizá. Me acaricio la húmeda y negra cabellera y en la caricia me llevo dos, tres o cuatro decenas de cabellos. Se me caen los pelos, pero me brotan ideas, me consuelo.
Al menos en cierta forma nunca me quedaré del todo calva.
Ella me removió las cicatrices más profundas... las tiró así nomás y sangro de repente.
Qué fácil resulta que lo revuelquen a uno las olas.
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