09/12/11
Hoy va siendo uno de'sos días raros donde pasan cosas tan raras, tan seguido, que la novedad se arrutina. El cielo llueve suspiros y patinas sobre el piso sin ton ni son... y vas y vienes...
Se levanta una. Tarde. Se olvida siquiera del trago de leche. Corre. Abre la puerta y ahí está: Eva. La primera mujer, quizá la última. Solo sé que sabe de la vida. Que le tiembla la mano, que no suelta letras, pero que cuenta, que asegura, que acompaña... que camina a mi lado y me proteje, aunque sabemos las dos que soy más fuerte. O eso dicen, al menos, nuestras manos.
Súbase, me dice. Como si fuera yo a la que hubiera que guardarle algún respeto. ¿Qué sabrá ella que haya olvidado yo?
Que le vaya bien, nos vemos más tarde. Y corro. Corro porque no me queda de otra. Corro para que no me empujen. Corro por llevar el ritmo antes de que sea él quien se lleve mis memorias y mis prisas. Corro, pero no puedo, me olvidaba de la gripa que aún me asfixia.
Que le vaya bien, nos vemos más tarde. Y corro. Corro porque no me queda de otra. Corro para que no me empujen. Corro por llevar el ritmo antes de que sea él quien se lleve mis memorias y mis prisas. Corro, pero no puedo, me olvidaba de la gripa que aún me asfixia.
Y el Jonathan en el camión me canta al oído la de Maná... "ahora llórame un mar", se desafina justo antes de abandonar la nave y levantar la vista. Alta. Altavista.
Sí se te dan las matemáticas, decía con una sonrisa tan plena, tan suya, tan de aquí y tan de nosesabedónde. Y que de dónde venía y que si a dónde iba. ¿Cómo decirle que uno no va a ninguna parte ni viene de parte alguna? ¿Cómo decirle que solo voy y seguiré yendo? No hay retorno.
En la 29, dijo, búscame. En su mirada brillaba la esperanza, solo un poco, se le escurría también la certeza -lo sabía él, lo sabíamos todos- de que no iba a pasar. Porque no, no hay retorno.
Me bajé del segundo autobús un periférico después. Y el cinturón sonaba al fondo azotando nalgas blancas. Yo pensé que ya nadie hacía eso, pero me equivocaba. Y que sí, es verdad, que las miradas cambian, que ya no retan porque se reconocen perdedoras, pero al fondo, allá al fondo, bajo las pestañas, asoma las narices la revancha.
Pero como quien dice, como por de mientras, me abraza la cintura y me da vueltas. Y se suman otro par de pares de manos, hasta hacerme balancear. ¿Por qué me tratan así? ¿Será que me quieren derribar de veras? ¿Será que no saben lo que hay detrás de su pared cubierta de enredaderas?
Y yo corro. No mucho, tengo la garganta quejumbrosa, pero corro. Segura de haberme ganado mi castigo. Más trabajo y menos paga. No por mucho. La necesidad no es tanta cuando dejas de creértela.
Y ahí está: tan como siempre. Tan con mis bichos, tan sin ellos. Tan fuerte, quizá. A veces me habla para esclarecerme, para guiarme. Las más de las veces, sin embargo, me habla para perderme, para regarme las raíces de la mente, para crearme paraísos de ideas o historias que no me han pasado, aunque parezca. ¿Sabrá que me rellena los huecos del corazón cuando me abriga?
Y luego el viento que se asolea me levanta las faldas que no tengo. Solo por, tal vez, sacarme canas a lo largo del camino. Más de alguna vez quise peinarme a lo punketo... pero pesa, dicen, mi cabello negro. Que no es negro. No. Al sol le encanta arrancarle los tonos y dejarlo de colores... de colores y de cielos.
Rápido. Constante. Sube y baja el flujo sobre la anaranjada banda de paseantes. ¿Te imaginas eso? Que todo este montón de gente sudorosa fuera de paseo. Que llevaran en sus mochilas sángüiches y agüitas frescas, una manta y un libro para pasar la tarde en la Alameda (que habría de estar bien verde y bien limpia). Qué bonito es el metro. Qué feo huele a veces. Y eso, me río, que sigo con la nariz congestionada.
Y la miro. Amanda se llama, porque me la como a besos. Porque es una diabla y la adoro, con ese par de cuernos. Y que la rasguñe la miel es cosa seria. Le he dicho que no todos reaccionan igual a los besos. Algunos miman, ronronean, bailan, algotros gruñen, dan zarpazos... zarpan, huyen, corremos.
Y luego ese hombre escuálido con mirada de amor o quizá de romanticismo puro. No sé cuál es su nombre, pero conozco su risa resignada. No sé a qué se dedica, pero me habla del trabajo. No sé cuál sea su casa, pero sé que le falta ella... ¿Romántico? No. ¿Pobre diablo? No. Un simple desafortunado. Llega bañado en sudor para levantar a su hija a lo más alto del árbol navideño. Y ahí está, levantando también el índice para pasar al frente a leer el deseo para su retoño. Y no lo eligen. Y paso yo.
Mi amada Amanda, le digo frente a todos tomándole la barbilla para que me mire, deseo que aprendas a mirar siempre lo más luminoso de las cosas, que seas feliz y sepas compartirlo.
La beso. Es sencillo. Solo quiero que encuentre un sentido a la sonrisa.
Y ahí está de nuevo él. Tan satisfecho, tan como queriendo compartir, tan cercano y tan sin nombre. Mi única certeza es su creación: Génesis.
E irremediablemente pienso en Eva. Al mundo, me digo camino a casa, no puedo creerle que esté plagado de azares.
Debería comer algo, pienso. Pero no tengo hambre, tengo el gusto de cierta satisfacción, de una calidez incomprensible, tengo ganas de continuar y eso es lo que hago. Escribo para hacer una pausa mientras descubro que respiro mejor, que se renueva la energía, que tengo sed.
Y ya es hora de volver a las andadas... ponerse el gafete y salir a recoger sus besos.
P.S.
Es verdad que me gusta hablar al viento como quien no dice nada. Es verdad que lo que lees pueda parecer inverosímil. Nunca he dicho que esté haciendo crónica del día, al pie de la letra a la orden del reloj. Siempre he puesto las letras, eso sí, a la orden de mis sentimientos, a la explosión catártica de mis manos y no más. No esperes que te cuente dónde, cómo, cuándo ni con quién. Aunque lo haga.
Soy responsable por lo que yo siento. Tú eres responsable por lo que crees que entiendes.
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2 aleteos:
¿Y por lo que creemos que sentimos también somos responsables? O es cosa que se desvanece en el sitio compartido...
No hay sonrisa más sincera que el beso de un niño, el viento canta entre las flores de sus labios cuando, como estrellas, nos llega su eco. Tarde, pero llega.
Una excelente pluma, como de colibrí frente a una amanda en botón apenas.
Bueno... :)
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